viernes, 13 de julio de 2018

¡REINA RUMBA!

Por Andrés Pascual

Es muy difícil vivir sometido durante más de medio siglo oyendo lo impuesto, creyendo lo impuesto y aplaudiéndolo, sin cometer errores imperdonables a la hora de reseñar hechos y anécdotas de importancia capital de la vida de personajes de genuino interés patriótico.
Sucede o sucedió en Cuba durante muchos años (los viajes de la “Comunidá” han alterado ciertas cosas) con gente como Celia Cruz, borrada hasta hoy de la historia musical, que negaba cada vez que podía el cartelito de “Reina de la Salsa”, nombre inexistente técnicamente, que no está inscrito, porque no podrían alterar los del son y la guaracha para introducir lo mismo a la cañona, además, sería el fin del nombrecito y de quien lo intentara, porque se quedaría sin un medio por plagios de los ritmos cubanos, según fuera el caso, mediante demanda judicial.
A todos los defensores del enlatado cuyo principal enemigo fue Tito Puente (se refería a la de tomate como única salsa), los invito a crear un grupo de protesta contra el patrimonio cubano, como hacen veladamente a pesar de agradecerle a Cuba el 80 % de su música y recurrir al Tribunal de Nueva York, solicitar el reconocimiento autoral y la fe de vida de “la salsa” como género; después que demanden a Arsenio, a Miguel, al chino Piñero, a Ñico Saquito, a Lilí…
Hace varios años, Eddy Palmieri acusó a Gloria Estefan por utilizar un estribillo de “su propiedad” en una canción, la imbecilidad del neoyorrican llegó tan lejos que entabló demanda y nadie dijo nunca cuánto tuvo que “soltar” por intentar apropiarse de una conguita de barrio habanero cubano que se tocaba en los carnavales de 1910.
Así son todos, los músicos y los fanáticos “extraños” de lo cubano, que pretenden desconocer, con total mala intención anticubana, a los ritmos nuestros, que lo único nuevo que han recibido como “contribución” es una lluvia de trombonazos y extensiones de eternidad de sólos de guitarra o de piano que son una falta de respeto al oyente; que pretenden colocarle el sello de “marca registrada” con arreglos edulcorados y mentiras como “es una mezcla de todos los ritmos del Caribe”, a lo que existe mucho antes de que el intérprete boricua o venezolano de más edad hubiera nacido ¿Quién puede reconocer el calipso en Bemba Colorá, la bomba en Ven Bernabé, en Yo sí como candela, o la tamborera en el Reloj de Pastora, incluso en Esposa y Querida de Hermanos Lebrón? Nadie, porque no están presentes como ritmo en piezas cubana bajo ningún efecto.
Lo que lograron fue cambiar el formato del disco de 12 canciones a solo 4 ó 5, porque cualquier son, guaracha, chachachá o guaguancó-son, puede durar 10 minutos con facilidad por el desenfreno a la búsqueda del brillo protagonista en solitario de muchos que no lo tienen ni en los zapatos.
De tal forma ha salido perjudicada la música cubana, que perdió la calidad de ritmo para bailarse en locales cerrados, a tener que hacerlo en salones muy grandes, porque la forma de ejecutarlo no es posible en espacios relativamente acordes con las cantidades de público, tampoco interpretan música “suave” o boleros para descansar de la actividad que tanto hace sudar a una pareja que baile los ritmos extensos a la cañona hoy. Baile que “rebautizaron” con el nombre del mamotreto comercial también, desconociendo el original de “casino” y hasta copiaron la ejecución coreográfica conocida como “rueda”.
El exceso de “improvisaciones”, una total ridiculez, ha dejado a los cantantes que lo practican en plano de repentistas más que soneros, (nunca salseros); son, nadie lo dude, émulos del decimista campesino, que disparan una retahíla de sin sentidos, sin ritmo el 90 % de la veces y un cantante castrista sin entonación es un ejemplo clásico: Cándido Fabré nació sin voz y perdió la que le quedaba de tanto usarla recitando más que cantando a pulmón limpio por gusto.
En "el ambiente cubano de antes" brilló la Reina Rumba, pero, ante lo frágil y poco capaz de la competencia, diría que brilló más que nunca después que se exilió.
Celia Cruz, en Cuba, tenía que competir contra más de 15 grandes intérpretes de los ritmos que ella cantaba como Beny Moré, Roberto Faz, Barroso o Alfonsín Quintana, incluso en su especialidad, la santería de las producciones de Rodney en Tropicana, tenía al lado a Merceditas Valdés y durante 5 años a Rita Montaner; pero, a pesar de la brutal competencia, Celia Cruz hizo su espacio entre los inmortales de aquella época, aprobada por el jurado más conocedor de su música en todo el mundo: el público cubano previo a 1960.
Y considerando que la Sonora no fue el conjunto predilecto de los negros cubanos, que se referían a su música como “de caballitos”, incluso el propio Benny iba en desventaja con los negros para bailar, que siempre consideraron “su ritmo” al guaguancó-son y sus conjuntos a Arsenio, a los Astros de René Álvarez y, después, a las Estrellas de Chappotin y a las de Félix “Chocolate” Bencomo, con Melodías del 40 como la típica preferida y Siglo XX y Cheo Belén en cuanto a Danzones.
El desconocimiento por parte de los “cubanos nuevos” llega tan lejos que no solo es imposible que conozcan lo que dije, sino que, con respecto a Celia Cruz, en América Tevé la llamen Reina de la Salsa, sacrilegio que va a provocar que la Negra de Cuba salga de su tumba y ponga los puntos sobre las íes.
Este problema de concesiones de lo cubano de parte de elementos que llegan diariamente, beneficiados por el Ajuste, que no conocen nada de Cuba y se ponen bravos cuando se les halan las orejas (yo se las corto), nunca cambiará, porque no tienen identidad cultural y viven con afectación del 70 % de la nacionalidad por ese motivo.
El colmo es que en Cuba haya programas “de salsa” y que muchos de sus “paquetes” llamen así a lo que cantan, por cierto, por lo mala que es la música que hacen, deberían bautizarla oficialmente con ese nombre.
Cada vez que un elemento castrista “nuevo” del radio, la prensa o la televisión, le rinde tributo aparente a Celia Cruz, no lo hace porque la venere, sino porque la fama de la cantante más conocida y famosa de Cuba de todos los tiempos lo obliga.
.El título de este material es homónimo del libro de un escritor y fanático colombiano de Celia Cruz, obra magnífica, cuyo prólogo fue escrito por el inmenso Guillermo Cabrera Infante.

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