FAMILIAR TOUCH, UN FILM CRUDO PARA QUIENES PEINAN CANAS

Por Carlos Carballido Acabo de ver Familiar Touch y, para quien peina canas, es como sentir la rara paradoja de un guante de seda que te abo...

Por Carlos Carballido
Acabo de ver Familiar Touch y, para quien peina canas, es como sentir la rara paradoja de un guante de seda que te abofetea el rostro y las entrañas.
Se trata del primer largometraje de ficción de la cineasta y coreógrafa estadounidense Sarah Friedland, quien firma un retrato íntimo y sin anestesia de ese tramo de la vida que casi nadie quiere mirar de frente: la entrada —casi siempre forzada por los hijos— en una residencia para ancianos cuando la memoria empieza a deshilacharse.
Lo hace apoyándose en una actriz monumental, Kathleen Chalfant, que encarna a Ruth con una mezcla de dignidad, desconcierto y terquedad que desarma los relatos de autoayuda. Chalfant, más conocida por su trabajo en teatro que en cine, ofrece aquí un retrato desgarrador del deterioro físico y cognitivo propio de edades avanzadas. Salta el cliché de la demencia por la demencia y dibuja un personaje real, con chispazos de sentido común entre tantos pensamientos perdidos.
En esa oscilación entre lucidez y extravío, la protagonista compone un personaje que no pide compasión fácil; exige, más bien, que el espectador sostenga la mirada allí donde la mayoría preferiría apartarla.
Parte de lo que hace tan áspera la película es que no habla solo de “ellos” —los viejos y enfermos—, sino de “nosotros” dentro de unas décadas, si es que llegamos, y de lo que nos enfrentaremos.
Familiar Touch convierte la residencia de ancianos en un espejo anticipado: cuerpos que se ralentizan, rutinas repetitivas, pequeños rituales que sostienen una identidad en fuga.
El mensaje es difícil de digerir porque la película apenas ofrece consuelo narrativo: no hay grandes redenciones ni finales edificantes, solo la constatación de que la vejez, vivida desde dentro, es una combinación terca de deseo, miedo y pérdida afectiva de aquellos a los que dimos la vida.
El film adolece de música sugestiva; solo hay silencios prolongados e insufribles que generan una rara mezcla de ansiedad y angustia en el espectador. Recuerda al slow cinema europeo de posguerra, sobre todo al neorrealismo intimista de Andrei Tarkovsky o Yasujirō Ozu, pero aplicado al drama inevitable de la tercera edad.
Vivimos en una sociedad donde los viejos son vistos como lastre y, mayormente, los hijos no asumen sus cuidados: prefieren depositarlos en centros donde el silencio y la morriña cercenan poco a poco al ser humano, dejándolos sin ideas ni legado.
La directora eligió construir la historia en una residencia de cinco estrellas para dejar claro cómo deberían ser todas las instalaciones de ese tipo. Los cuidadores del reparto exhiben empatía total, calma, paciencia y profesionalismo. Sin embargo, esto representa solo un 5 % de la realidad en Estados Unidos, donde muchos asilos están llenos de maltratos, falta de higiene y absoluta desconexión con los pacientes, a cambio de las débiles pensiones a las que hoy pueden acceder los ancianos.
La cinta se estrenó a mediados dl 2025 y arrasó en premios internacionales (destaca el Luigi De Laurentiis a Mejor Debut en Venecia, además de premios a dirección y actuación en la sección Orizzonti). Sin embargo, la taquilla apenas recaudó unos 700 mil dólares, sencillamente porque este tipo de cine independiente puede ser la mejor propuesta artística, pero no se aviene al relato simplista y predecible de Hollywood, ni mucho menos a un público que siempre enviará a sus ancianos a morir en esos centros.
El mensaje es difícil de digerir porque la película apenas ofrece consuelo narrativo: no hay grandes redenciones ni finales edificantes, solo la constatación de que la vejez, vivida desde dentro, es una combinación terca de deseo, miedo y pérdida. O, lo peor: desesperanza.
La escena final es realmente perturbadora a pesar de su tranquilidad. Ruth, en su deterioro progresivo, ha perdido la dignidad porque ya no es cuestión de orgullo, sino de supervivencia, lo que arranca lágrimas silenciosas a quienes se identifican con ella.
Y lo que me mata es que no hay quejas ni sugerencias morales. Solo un gesto, un paño y el tiempo que sigue corriendo. Como si nos dijera: “Mira, no hay vuelta atrás, pero tampoco hay odio. Solo queda esto y debo aceptarlo”.
Al ver los créditos solo pude pensar si la fantasía hitleriana de la cápsula de cianuro pudo haber tenido algún sentido al llegar un momento como el que finalmente le llegó a Ruth.

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