martes, 30 de octubre de 2018

LARA, UN ANIVERSARIO QUE POCOS RECORDARON

miércoles, 17 de noviembre de 2010


Por Andrés Pascual

En lo musical, “vigente” significa mantenerse vivo a pesar del tiempo, como Agustín Lara.

Lo atractivo de un compositor para generaciones posteriores de cantantes es el sello de garantía de lo clásico, calidad de proyección que se abraza con el genio sin ningún tipo de contradicción a la distancia de “no importa el tiempo transcurrido”. La palabra y su significación existen, a pesar del manoseo irresponsable de la crítica de hoy: clásico no es cualquier cosa, sino lo que sirve de inspiración por su clase profesional y por la belleza de su obra, a lo que muchos exagerados pueden referirse como “es mejor mientras más tiempo pasa”. Si la decadencia, como en estos tiempos, abruma por la ausencia de valores artísticos dejando al arte musical huérfano de sus objetivos tradicionales, pues compositores como el mejicano que le dedicó María Bonita a María Félix, realmente “son mejores mientras más tiempo pasa”.

Pianista de burdeles en sus inicios, fue el rostro del sentimentalismo al uso en los 20’s y los 30’s y fueron “las hetairas o prostitutas” sus musas verdaderas.

La relación con el “antro” marcó al músico-poeta para toda la vida cuando una de las mujeres de ese medio, Marucha, despechada, le cortó la cara con un vidrio de botella. Su primer gran amor también fue una miembro de un burdel.

Agustín Lara fue el enaltecedor de la “mujer de la calle” y a esa clase de mujer, según el fallecido cronista y narrador Carlos Monsivais, solo pueden cantarle los “hombres de la madrugada”.

Según el propio Monsivais, Lara tuvo influencias de los poetas Salvador Díaz Mirón y de Rubén Darío; porque le cantó a lo intrascendente con muy poco compromiso político; sin embargo, cada uno en su arte, el mejicano trasciende aún más que el nicaragüense de Marcha Triunfal, presente hoy casi únicamente en manuales de Academia, mientras el bohemio de Noche de Ronda todavía está en el éter de una parte sustancialmente grande de la población en varios idiomas.

Pero Lara, cantor de las debilidades de la carne, no pudo evadir las críticas y los reproches de una sociedad ultraconservadora y la Iglesia casi le estigmatizó en sus inicios por trasgresor de los valores familiares, con los extremistas de sociedad presentándolo como el rostro de la amoralidad absoluta.

No obstante, nadie ha podido escapar al embrujo de las canciones del Maestro: de Rival, de Arráncame la vida, de Oración Caribe, de Solamente una vez, de Noche Criolla o de Granada entre más de 400 melodías realmente inolvidables de la figura más imponente de la música azteca que pudieron rescatarse de las casi mil que compuso porque Lara no escribía música.

El 30 de octubre pasado se cumplieron 113 años del nacimiento del bardo que nació en la calle Puente del Cuervo en el centro de la Ciudad de Méjico. Mucho después tres ciudades se disputarían la sede en que dio a luz María Aguirre al más prolífico compositor de bambucos y boleros de la historia de ambos géneros: Puebla, Tlacotalpán y Veracruz. Sin embargo, a pesar de haber nacido en la capital, donde le registraron el 12 de noviembre de 1897, siempre se consideró “jarocho veracruzano”.

Agustín fue arrastrado a la guerra de la Revolución Mejicana por su padre, el médico militar don Joaquín Lara, que le puso en manos del general Manuel Fernández, Jefe de Estado Mayor y amigo íntimo de Doroteo Arango, conocido como “Pancho Villa”. A los 19 años alcanzó el grado de capitán peleando en la División del Norte y se ganó el apodo de “El Grillo” por su figura endeble y el constante rasgar de una guitarra en las noches.

Generacionalmente Pedro Vargas, Toña la Negra, Juan Arvisu, Amparo Montes, Sofía Álvarez, Olga Guillot, Los Panchos, Lucho Gatica, Nat King Cole y Luis Miguel o Plácido Domingo, entre muchos, se han encargado de mantener el espacio de la música de Agustín Lara como parte importante del sostén del romanticismo obligado a retroceder por la chabacanería y el mal gusto de una era que parece que solo le podrá legar como ofrenda póstuma, “clásicamente”, vicios y defectos al futuro musical de la sociedad.

Lara falleció el 6 de noviembre de 1970 en la capital mejicana a la edad de 73 años y lo velaron con honores militares de oficial y como al ícono máximo de la tremendísima música de su país.

El compositor, que estableció una relación de amor con la Cuba y su gente del ayer previo a la destrucción del hálito nacional criollo, sin embargo, estuvo ausente de la nota obligada en la mayoría de los sitios y periódicos del exilio recordando su natalicio y su muerte.

Por lo que representó para nosotros también, debió ser digno de mejor tratamiento que el silencio cómplice con la prensa y la mentalidad anticubana de la ideología imperante en la Isla.

No por gusto el primer viaje artístico de Lara fuera de Méjico fue a Cuba acompañando a Pedro Vargas, donde se le erigió una estatua y, anualmente, su visita a La Habana era casi en carácter religioso todos los años.
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El embrujo de nuestra patria sobre el compositor quedó plasmado en una frase dicha en CMQ televisión dirigida al pueblo: “Aquí estoy de nuevo en mi Cubita la bella, como siempre, vengo preparado para lo que sea.”

Miami, FL., USA
11/17/2010

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